El aguacerito

A mi papá, hombre de justicia

Tibio era el sol, una nube le mordía el sudor. La tierra ya se veía ocre claro, el viento se la llevaba con facilidad, se notaba ansiosa.
Cogí camino con una tira tira (resortera, China) en mis manos nuevas, sin los pliegues del tiempo, me adentré en el bosque xerófito, yerto, recorría los escombros de un pasado entre botellas con pátina azarosa y cagarrutas de Chivo, sería eso lo que quedaba, ya el tiempo de asaduras y maíz tierno estaba empezando a tejer recuerdos.

La nube tenía sentenciada la espera del suelo partido. Los vestigios del mismo asedio también empezaban a desaparecer, solo el vidrio se imponía al desgarro, una serpiente mordió mi angustia y corrí en sentido contrario a su sigilosa y veloz marcha.

Sentí un presentimiento doloroso. De unas ramas secas y algún tronco chico de cividigua morada, salió una lagartija y yo solo apunté, la resortera disparó toda mi ignorancia, toda mi convivencia citadina y la destrocé cobardemente, desde lejos, no menos de tres metros.

Papá, hombre de paz, brotó de alguna parte, mientras describo y escribo ésto, me doy cuenta que le había pegado a él mismo, que su cuerpo estaba hecho de esa misma tierra sedienta que yo no entendía.

Su voz hizo que mis silencios se convirtieran en lágrimas, sus palabras y reflexiones sobre el odio, la muerte, la traición y la naturaleza transformaron parte de mi percepción contaminada de la vida, recuerdo a mamá secundándolo mientras me hablaba.

Mientras miraba sus ojos, los de papá, aquel «aguacerito» como él repitió varias veces que se llamaba aquel lagarto, se fue recomponiendo, cobrando colores y fuerza. Aquel evento todavía me sacude. El lagarto se levantó, papá no se asombró, yo sí. Del cuello ese animalito salió un pliegue, un vestigio de piel extraño, aquello fue una banderilla en colores quebrados y fue el preludio de una tarde fresca, comenzó a llover.

Gustavo Colina Vargas

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